domingo, 18 de noviembre de 2018

CRÓNICA DE UN DESARRAIGO...

Subo a la torre del templo de San Antonio de Padua, desde ahí se puede mirar sin esfuerzo el tamaño del pequeño poblado de Teoloyucan, lugar donde nací y pase la mayor parte de mi infancia y adolescencia.
Una extensión pequeña de tierra en el Estado de México que conserva la autónomia municipal debido a un pasado histórico; lugar de los tratados que llevan su nombre ocurridos en la época revolucionaria del país. Lo que ha evitado su absorción por los grandes municipios que lo circundan: Cuautitlán, Cuautitlán Izcalli, Zumpango, Huehuetoca. Pero sin embargo, eso no ha evitado que la brutal dinámica urbana e industrial de la región lo engulla en un proceso de masificación demográfica. Sin desarrollar aún los supuestos beneficios del 'progreso' y de bienestar publicitados por los impulsores políticos.
Llevo casi cuatro semanas en el lugar y me parece impensable que en este espacio abarcable con la vista, el número de muertos en el pueblo sea mayor que los días que estoy visitando. Es de esas situaciones dónde la memoria personal y la realidad circundante no encuentran coherencia, no obstante que los sucesos de ayer y hoy ocupan las mismas calles y son protagonizadas por la misma gente que forman la cotidianidad.
Algunas ideas gobiernan el nuevo concepto en el que se definió el espacio de mi identidad en desarraigo: sobrepoblación, muertos y crimen organizado.
Los lugares donde transitaba mi niñez hoy son ocupados por el miedo a una balacera, el espacio público ha sido expropiado por la lucha de reacomodo de carteles del narcotráfico y robo de combustibles.
Las actividades económicas de mis vecinos, a pesar de su aparente normalidad, se encuentran acotadas por los horarios nocturnos dónde parece bullir la criminalidad y las zonas 'calientes' donde las noticias populares ubican el peligro de transitar a cualquier hora del día.
Los rumores se mezclan con la vida diaria: enfrentamientos entre decenas de sicarios donde al fin cada bando recoge a sus muertos. Realidades como ejecuciones a la luz del día en lugares céntricos. Fosas clandestinas. Caravanas de pistoleros que sin pudor circulan ostentando rifles de asalto.
La motocicleta se ha convertido en un medio de transporte común tanto para el ciudadano como para el delincuente, una cierta paranoia me embarga al salir por las calles. En ciertas partes parejas de motociclistas se mueven entre las calles portando el copiloto armas automáticas como en las mejores épocas del Medellín de Pablo Escobar.
El día de hoy parece que todos tenemos una anécdota relacionada a la violencia omnipresente, algún amigo o vecino muerto, un auto o una casa baleada, una calle colonizada por el narcotráfico, muchos testimonios de levantones.
La distancia temporal y física me hace sensible a este cambio de una nueva identidad social. Sumada al hecho que ya tampoco puedo circular a cualquier hora en cualquier lado de mi pueblo como antaño.
El sentido de exclusión, el pensar entre mis paisanos que el fenómeno del crimen organizado solo involucra a personas implicadas en las actividades delictivas, se sostiene más en la negación de un sufrimiento mental, pero que es desmentido por las acciones violentas diariamente y que al contrario, parecen tratar de imponer visiblemente una hegemonía del poder criminal sobre la zona como estrategia colonizadora: 
Actividades comerciales se ven amenazadas por el temor al cobro de "piso", las posibilidades políticas de funcionarios municipales sujetas a la negociación y no afectación de interés en las actividades de los carteles, la policía se reconoce "bajo amenaza" al investigar denuncias.
Hoy, el miedo a la criminalidad funciona como un común denominador de la identidad local y es precisamente esa colectividad donde se traslada la responsabilidad individual ante el fenómeno. La impotencia, la frustración, la normalización y al final la indiferencia son el abanico emocional que recorre el individuo como ciudadano  Teoloyuquense aligerando su responsabilidad de respuesta ("Tu también estás mirando, no solo yo, ¿porque me toca a mí y no a ti?" Thomas Leoncini).
Sin duda, uno de los aspectos más lúgubres para los estudiosos del siglo XXI será el rol de 'Espectador' que los ciudadanos de hoy, en el marco de la sobre saturación de información y estímulos  jugamos en un contexto de genocidios maquillados y masacres por motivos políticos y económicos.
Parece que en Teoloyucan la capacidad de impresión, lo es solo por la novedad. El homicidio cae cuando mas en la categoría de un chisme, a fuerza de repetición, despojado del horror que implica en su justa dimensión por la cercanía física y social ("el mal se ha trivializado de forma real y plena... entre las consecuencias está que nos hemos vuelto insensibles." Z. Bauman).
El futuro no parece esperanzador. Ni para el país, el Estado de México y Teoloyucan con sus particularidades.
Sin una política clara sobre seguridad a nivel federal y sin un plan de desarrollo social en el Estado que haga énfasis en la influencia del crimen organizado. La nueva gestión municipal parece sujeta a los lineamientos partidistas que nos hablan de más de lo mismo: el ADN priísta como naturaleza del político Mexiquense , una alcaldesa que en campaña y entrevistas se posiciona más como una empleada de su partido que a una líder para solucionar las necesidades de sus representados. El municipio obedece ya a una inercia económica regional que deja espacio para dilucidar la seguridad pública como el principal reto y que sin embargo no está en el discurso Morenista.
Los intereses de las oligarquías políticas y empresariales  en esta zona del Estado de México parecen verse beneficiadas con el estancamiento social de la región y es donde el crimen organizado sirve como medio de cohercion para mantener un proyecto logístico de industrialización en el corredor del Circuito Interior Mexiquense del que igual forma parte el conflicto suscitado por el Nuevo Aeropuerto (NAIM). La recuperación del tejido social y la búsqueda de una vocación económica y social de parte de los habitantes de la zona, sin duda ponen en peligro la viabilidad de las inversiones proyectadas y pactadas.
Sin embargo, algunos focos de la sociedad civil luchan por mantener el rescate cultural dándose cuenta que es solo a través de él rescate de la identidad como se puede reconstruir el tejido de la comunidad y hacer frente a la colonización de la violencia.
Solo a través del contraste de perspectivas se puede influir la mente de la juventud -la población más vulnerable a la captación de miembros de los carteles-, ofreciendo contrapesos para elegir una opción de movilidad social. El culto a " el patrón" (jefes de plaza), y la información conceptual de la narco cultura (corridos, vestimenta) puede ser modificada a través de medios culturales.
Hace tiempo planteaba a propósito de  la realidad en mi pueblo,, algoue siendo un eje de mi vida intelectual: crear identidad (identificarse con el entorno, sus tradiciones e historia) es crear ciudadanía, es apropiarse de el espacio público hoy arrebatado por el narcotráfico, y tener capacidad de su uso, a la vez que ofrece oportunidades de crecimiento y bienestar a las nuevas generaciones...

19 Noviembre 2018. Teoloyucan Estado de México.

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