viernes, 25 de octubre de 2019

EUTANASIA

Coyoacán. Día 019  
Desde el umbral del edificio observa  el gris de la ciudad como algo nuevo, un mosaico de no-color oscuro extendiéndose en  la textura de las cosas: el pavimento, los muros sobrehumanos de los desniveles, los colores destellantes de los autos transitando  sobre los terceros o cuartos pisos, volviendo el horizonte una maraña intestinal de carreteras (siempre arriba, al frente, alrededor).  Gris el aire. La cara de la gente asomando como roedores debajo de las vigas de los puentes, impregnados de una  penumbra pesada húmeda por la lluvia; sin el resplandor de lo fresco y limpio. Densa de partículas de smog fosilizado, precipitándose  hacia las alcantarillas.
“–El Viaducto Periférico… antes iba para el Centro Histórico… para el norte de la ciudad”. “Hoy no sé a dónde va…Tantos carros y  carreteras… una sobre otra… quien sabe de dónde salen… y para donde…–”.
Olivio mira la anciana sentada en el  macetero, del pasillo de la clínica. Tenso, importunado. Sin hallar la charla que despegue los labios pegados por la sequedad ceniza. Repara en el carnet, sujetado en la mano temblorosa y manchada de edad sobre el regazo, aprisionada como lo más valioso de la vida. Igual a la mano flaca de su madre tratando de asirse a la suya, mientras el apeste séptico de fármacos la arranca  de la existencia.   Ejecuta  sin ganas la impersonal sonrisa profesional, condicionada por décadas de trato social en  la Universidad y las oficinas del gobierno.
“–También espera…–”  La observa con  hábito  de estudiar las personas,  conocerlas antes de decir nada para emitir el prejuicio conveniente.
El reflejo es incómodo por la sensación  de invasión de privacidad, no del otro sino  propia,  estar expuesto por el silencio de la conciencia y los pensamientos. 
Lleva su mano al rostro tratando de censurar o germinar las ideas mientras acicala el bigote cano. La anciana es una mujer hermosa de ojos claros, vestigio de una sangre diluida en los siglos, un visión del pasado sin razón de ser en esta nueva sociedad de dispositivos electrónicos, sin relación física con esta nueva capital mexicana, sustentada en la identidad virtual conviviendo en un limbo artificial.
La mira completamente sola, la soledad de ella es una certeza visible. Como si  no le avergonzara aparentar lo contrario. Estar aquí debe ser una decisión individual, obligatoria como última oportunidad. Igual que  él.
Sin reservas mira la angustia crónica en los ojos azules, marcados por  la ansiedad y la falta de algo impreciso. Parecen  entristecidos por la espera prolongada y  miedo a  perder un destino manifiesto. La incertidumbre de la mirada junto al frágil temblor del cuerpo es una visión desoladora, enmarcada por la indiferencia de la ciudad y el aislamiento que  produce.
Las muestras de senilidad  le producen enojo, porque a pesar parece tener una orientación instintiva  por inercia. “–Esta mujer  no está en sus cabales–”. Se descubre debatiendo: “– No podría decidir sola lo más conveniente... –”  no deja sentirse humillado  comparando su situación con ella.
La trascendencia solemne de este suceso,  venir a la clínica. Despojándose; según él de soberbia humana. Es un acto de humildad cercano a la iluminación espiritual que lo sublimiza. Pero los detalles terminan en un acto grosero de desengaño. Se les une un medico joven y calvo que sale a fumar hablando por el móvil.   Lo mira indignado y el médico que corresponde con un saludo autosuficiente.
Se suspende en la desconcierto  de sí mismo, hasta que un taxi revienta el espejo tornasolado de la grasa de un charco frente a él. Apabullado  por la miseria de las calles donde hoy desenlaza su vida sonríe con  resignación a la dama. Palpa el propio carnet en la bolsa del saco, disfrutando la incapacidad de fabricarse un nuevo discurso autogratificante.
“– ¿Quién soy yo para negarle la muerte a alguien?–”. La libretita de papel le da un sentido de gravedad que lo jala hacia el suelo, desnudándolo.
Se inclina levemente como saludo y despedida “–Supongo que van a todas partes… y a ninguna Señora, como todo... –”. Dirige una mueca nostálgica a la ciudad vertical antes de perderse en las calles.

Calle de madero Centro Histórico. Día 014
“–… la Ciudad es la misma desde que nacimos Olivio... nunca cambia. Solo nosotros nos hacemos viejos. Los tiempos cambian, el mundo, los modos. La ciudad no. A pesar que  hagan y deshagan. Es demasiado grande y vieja para hacer algo que la cambie, también los años la hicieron mañosa. Es más fácil que cambie la gente. Ya ves… desde que dimos permiso para  casar hombres. ¿Te acuerdas Olivio? Tú y yo estudiamos la legislación para eso. Se nos vino una avalancha de oportunidades con los cambios de modos… hasta hay servicios de bodas especializados. Mi chamaca se puso abusada y montó uno que hoy es una industria. Tú te retiraste con  laureles a la Universidad... A mí eso me llevo a la Suprema Corte…–”. El viejo regordete sigue mascando, limpiándose el bigote amarillo, para después llevarse la tasa de expreso a los labios risueños.
   “–Ya no se parecen nada las bodas de antes de hombre y mujer, por cierto Olivio… Al principio sí, esa era la intención. La Igualdad. Querían matrimoniarse también con todas las de ley. Querían adoptar y tener familia. Ya ves, también legislamos para que pudieran ‘embarazarse’, pagando a mujeres y que el alquiler de vientres fuera como un trabajo cualquiera… Mi esposa y yo le invertimos también, para poner tres clínicas para eso. Ahí si le erramos. Empezaron a pedir que el gobierno les pagara todo el proceso y a la muchacha. Y nomás no fue negocio para nadie… Y le cambiamos el giro…–”
“–Hoy tratan de hacer todo su asunto de bodas que no se parezcan en nada a los matrimonios tradicionales, que porque ellos son diferentes. ¿Quién entiende?... Los tiempos son los que cambian Olivio… Y la gente… Lo bueno es que los muchachos que fueron alumnos han seguido mejorando el sistema y surgió esto del bienmorir, porque eso de la fertilidad nomás no funciono ni para delante ni para tras Olivio… Hoy las chamacas nada más van a una farmacia y ya. –”
El café de chinos está casi vacío y la ciudad es un espectro acuoso detrás del vidrio. Olivio Permanece en silencio concentrado en sí mismo. Las ideas son un puzle sobre la mesa que trata de ordenar para exponerlas dignamente. La turbación reposa en el respaldo del mullido diván modular junto con la gabardina que se seca.
“-Así es Olivio. Dieron en el dieciocho permiso en la Constitución y las clínicas de Eutanasia están llenas. Gracias a Dios… A pesar que todavía es mucho trámite ejercer el libre derecho. Se medio privatizaron y entonces se volvieron un ‘negociazo’ para todos y para el gobierno de la Ciudad. Viene mucha gente de fuera, hasta extranjeros Olivio… Hay una en cada Delegación Municipal. Doctores, funerarias, crematorios, notarios. Para todos funciona. Una forma productiva de utilizar las pensiones y no se queden en los bancos... Un algo de publicidad, cabildeos y décadas de difuntos y la muerte ya no es la misma… Los tiempos cambian Olivio…–”
El viejo mantenía su mirada sin ver del otro lado del cristal. Suspendido en una dimensión temporal cuyo entorno recordaba los años ochenta del siglo veinte. Atrapado como insecto prehistórico en una gota de ámbar alejado del presente.
  El otro anciano no para de hablar, pelar y comer cacahuates cuando no enciende los restos del grueso habano. Cuidando no manchar el impecable  traje de lana, que parece igual que él, un náufrago de otro tiempo. Opta por callar. Recorre la figura bien lustrada de su amigo, antiguo magistrado de la ciudad. El cabello blanco cuidadosamente arreglado, el rostro bonachón arrugado. Las relucientes mancuernillas de oro y platino haciendo juego con el pisa corbatas todo con las siglas CDMX. Un vestigio vivo de época, antes que la Gran Urbe se extendiera hasta la capital de los estados vecinos con miles de kilómetros cuadrados colonizados, sin apenas un lugar libre para respirar. Hacia arriba y abajo, con un cielo surcado de vías férreas, autopistas elevadas, tranvías automáticos y teleféricos. Una masa de concreto perforada  en sus entrañas por túneles de carreteras y extensiones del Metro. 
Este viejo conocido le es lejano. Igual que la ciudad, y este  tiempo. Imaginaba al antiguo magistrado también  perdido en el anonimato sin darse cuenta. A pesar de su identidad unida orgullosamente al  espíritu de la ciudad. Alucinado por la visión de un pasado y haber ayudado a promulgar  leyes que constituían hoy la vida de la masa urbana. Pensando que eso le ganaba vigencia en la dinámica l de la misma. La Ciudad que tritura todo para alimentarse. Sin entender que lo único que había constituido era  su propio olvido. Sin embargo ahí estaba, ufano de todo frente a él. Consolándose en sus argumentos. Flotando lentamente en el cálido y fétido vaho de levantado por la lluvia.
Los tiempos con las personas se agotan, después de  beber su esencia y el silencio exhala su término. Sucede con todos. Se miran interrogantes por un momento. Olivio gira entre sus dedos la bella pluma fuente con el grabado conmemorativo de la Universidad. Sin pensar saca el documento de su interior como única acción que queda por hacer.
“– Necesito que firmes esto.  Evítame, los tramites, perder tiempo… las palabras…–” 
El olor de la civilización abarrotada le da en el rostro al llegar a la salida, se percibe tranquilo y ligero, empujado por la inercia liberándole de la voluntad. Detrás escucha un carraspeo, un estornudo o una tos. Voltea a ver al viejo que  parece aplastado por la realidad, embarrado en el diván; limpiándose con mano temblorosa los mocos embarrados en el bigote.

San Ángel. Día 010
Mira en redondo el estudio que no le dice nada, a pesar de haber acumulado por varias décadas símbolos con la esperanza que en estos últimos tiempos  descifraran quien había sido.  Había terminado de empacar las pocas pertenencias que decidió le acompañasen los últimos días, apenas una caja.
Sin necesidad piensa como obligación enterar a una persona cercana la decisión tomada. Pero no halla por quien decidirse. Amelia su hija, siempre ocupada lidiando la vida de sus hijos en su lugar. Dos jóvenes adultos que la cultura contemporánea había lisiado, imposibilitándolos para la madurez. Conservando permanentemente los complejos adolecentes en un ciclo parasitario que devoraba sus mejores años, entre la incertidumbre y la expectativa de  un futuro que nunca era lo suficiente según el criterio de la madre.
Resignadamente fue testigo de la fosilización de su hija en el papel de necesaria que dio objetivo a su vida desde la maternidad, castrándola de otros papeles. Como esposa y mujer repudiada a los siete años de matrimonio por un hombre incapaz de compartir su autoinmolación. La profesión  un mediocre transcurrir, anteponiendo siempre su función de madre sacrificada como escudo. El empleo en la Universidad  sostenido por el prestigio y las influencias del padre.
Por vez primera, Olivio reconoce sin culpa a la mujer, semejante a un espiral de no-vida girando en el espacio, fagocitando todo a su alcance. Sin embargo la recuerda cómo lo contrario,  jovial a las puertas de la vejez; momificada en una juventud de madre primeriza. Siempre actualizada y dispuesta a dar la vida por unos cachorros ya muertos desde antes de abandonar la cuna, desangrados por mutilaciones convenientes.
Una mezcla de lastima, ternura y desprecio la ubicaban como accesorio inútil para él en estos momentos.  Fuera del panorama enfermo de dependencia emocional elegido para enfrentar la vida. Cualquier otra idea ajena a ese papel era incomprensible. Así decide no molestarla
Considera a Arturo su hijo como la opción más lamentable. Encerrado en una misantropía crónica, temeroso de cualquier interacción social  más allá de la protección segura de  un ordenador tras una barrera de conceptos pedantes  sobre sí mismo, invadido de  egoísmo. Creyendo que vivir es lo mismo que conocer tras una pantalla, lo que convierte el trato con él tan imposible como hilar una frase, sin ser interrumpido por una cuestión personal.
Por primera vez abre una ventana que nunca ha sido abierta. El viento a esta altura es helado pero no más limpio. Se recarga en el borde: los trenes automatizados sobre las avenidas ocultas cincuenta metros abajo serpentean como larvas  en todas direcciones. Piensa en el vacío y siente estremecimiento. Las explosiones intermitentes de los anuncios lastiman las pupilas. El silencio y la calma visual solo son un privilegio de pocos.

Ciudad Universitaria. Día 09
Camina lento por los andadores de las facultades, saboreando la imaginaria protección de un mundo conocido. Alumnos y docentes pasan a sin mirarle, cuando lo hacen es exasperados por su paso de anciano sin prisa. Olivio trata de reconocer en ellos la idea que lo mantuvo  cincuenta años con la vida dando vuelta en torno a  ideales de Orden, Educación y Derecho para justificar  ambiciones personales que hoy parece haber olvidado en sensación.
Ahora los pasillos abarrotados, oficinas y cubículos dentro del edificio parecen odiosos, como una colmena de moscas, sin relación alguna con lo que siente.
“–Doctor, un gusto verlo por acá. Imagino que busca a la Maestra C… Diré a la asistente que vaya a buscarla… Imagino que debe estar por salir… Es la celebración de aniversario de la Jefa de Departamento. Ya sabe, son unidas…–”.
Sonríe condescendiente. Halagado oscuramente por el nerviosismo del antiguo asistente. Hoy   autoridad en Derecho y director de la facultad: un cincuentón blanco y barbado. Más exitoso dentro de la carrera de lo que el mismo Olivio jamás fue. Pero sometido por su propia conciencia. Siempre presa de sus pasiones, bajas e idealizadas.  Paladea la turbación que provoca por la vergüenza que ata sus vidas. Cuando el entonces subordinado  fue uno de la larga lista de amantes de su esposa; creciendo al amparo profesional de ambos. Algo que Olivio  perdono desde que se enterara, solo molesto por saber sin necesidad el detalle de mal gusto. Aun siente  pena ajena al verlo incapaz de superar su consciencia y al recordarlo ‘enamorado’, descubierto por mensajes interceptados y una revelación rabiosa y vulgar de su mujer…
“–Lo siento. Dice la chica que partieron… restaurante Sh... En Reforma… Déjeme pedir que lo lleven…Un  placer verle Doctor, se ve usted muy bien… No  olvide que aquí estamos… Ojala pase a saludar más seguido... Hay algunas cuestiones que quisiera consultar, pero ya será en otro momento... Su experiencia siempre será muy útil a las nuevas generaciones…”

Paseo de la Reforma  Restaurant Sh.  19:??
Mira dentro a las personas satisfechas consigo mismas del gusto de la gula sofisticada. Se da el tiempo para no entrar hasta saber que decir. Los trenes y vehículos eléctricos se desplazan silenciosos, armonizando contrastantemente con la vejez elegante y decadente de los edificios: la misma imagen de una metrópoli cosmopolita anunciada en los hologramas turísticos en los aeropuertos.  Tantas veces estuvo aquí y solo hoy pone atención al movimiento que subyace debajo de los rieles y las autovías. En los rincones angulares de los edificios, los rostros inhumanos cubiertos de mugre, camuflados en la oscuridad oculta, en la inmediatez de los flashazos de vehículos e imágenes. Seres atrapados en la sombras, limitados por las toxicidades y la velocidad que los margina a un espacio que también los destroza. Deambulando a pie entre un mundo al cual nunca han accedido ni lo harán.
Dentro no identifica a nadie. Un mesero pide referencias. Después avisa que la mayoría de personas en la reservación no están, pero puede pasar a la mesa  desde donde alguien agita la mano en  saludo. Se despide pronto, rumbo al Bar X a la salida a Cuernavaca.
Olivio respira los últimos vapores citadinos de la tarde. La ciudad es un hervidero de luces húmedas en el tránsito y alucinaciones comerciales en vez de cielo.

22:xx pm.
Transcurren  horas hasta que la llovizna le recuerda los brazos entumecidos de estar recargado sobre el volante, aletargado. Se dirige al mirador que da a la oscuridad de un bosque privado, jaspeado por la lluvia impertinente. También se queda aquí inmóvil, mirando la nada. Sintiendo como fluye el tiempo, a veces lento, a veces rápido pero siempre exasperante desde hace días. El bar es el aparador de una fotografía bañada en luces ruidosas e intermitentes.
También  la indecisión y la vergüenza han dejo de ser una limitante. Una  apatía profunda lo hace sentir que puede acceder a cualquier sitio sin esperar nada. Camina a la barra y asiente al cantinero que le sirve cualquier cosa que no prueba. Solo permanece ahí: mirándose las manos y el pelo cano sobre el rostro cansado, reflejado detrás de las botellas.
Pensando si estar listo es estar  aburrido. Descubre que no posee mayor expectativa en la vida  que el de no verse incapacitado para ejercer la cobardía angustiante que se ha apropiado de sí. Para no convertirse en la imagen de los ojos acusadores detrás del respirador. Sin la suficiente fuerza en los miembros flacos para levantarse y desconectar las maquinas. Apenas para apretar perceptiblemente con urgencia, la misma mano que hoy el anciano aprieta con la otra. 
Los dedos marchitos giran el vaso sobre su sitio repetidamente, buscando inconscientemente que aparezca en el fondo una superstición que lo defina.
Sorbe el líquido de  golpe: “–Whiskey–”. Despierta al calor en la garganta. Ausculta el local que fue quedándose solo. En un apartado de la barra mira entre la penumbra a un hombre en los treinta, que lidia entre sus manos la figura de una mujer que se retuerce lubrica parada en medio de sus piernas, mutando ansiosa de posición. A veces rodeando el cuello del hombre, otras besándolo y ofreciendo la espalda restregando el trasero con la sexualidad de él. Mientras se susurran clichés adivinables que retumban entre el humo. 
A Olivio le parece  extraño el espectáculo donde cada uno de ellos  parece sumergido en su limbo individual. El Otro, es un pretexto material con su propio deseo y  que el alcohol cataliza. Tocándose uno a otro sin respeto de comunicación. Tratando de encontrar cada quien una posición cómoda de control, sumergidos en su propio dialogo interno. La mujer reforzando con zalamerías la imagen sensual y seductora de sí misma, excitada por  la oportunidad de reafirmarse. El otro solo respondiendo. Olivio sopesa, sabe que la mujer (su esposa) es la que lleva la iniciativa: el poder.
No deja de sentir pena ajena al mirarla contoneándose y actuando con una sexualidad optimista,   grotesca. Trata de reconocer en los rasgos estirados como látex, a la mujer  que encadeno su vida por conveniencias familiares, que dé inicio parecían ingenuas. No la encontró en los pechos dilatados por el silicón y exaltados por las prendas. Ni en la cintura descarnada por el bisturí que comprimió la inflamación de la edad. Las nalgas artificiales le parecieron penosamente desfasadas de las arrugas en el cuello manchado.
Curiosamente, poco a poco empezó a identificarse con la decrepitud, de Ella, de Ambos. Como todos los miembros de la familia intentando la resilencia al paso de la vida. “–Todos  iguales, cada quien a modo pero todos tratando de huir del sinsentido. Perdidos cada quien en su delirio particular–” 

Aguantó hasta brincar inevitablemente para salvarla de una caricaturización vulgar. “–Necesito hablar contigo–”.
Olivio mira el rostro perplejo por el escalpelo, el botox y la sorpresa de la edad que no se anuncia y sucede. Aferrado como Todos a una momificación de la vida.
Las manos delgadas y envejecidas como las de él abrazan la copa, trémulas. Permanecen silenciosamente sentados en un reservado junto al ventanal que da a la lluvia y la oscuridad. La Ciudad es un globo luminiscente consumiéndose a la distancia. Juega a imaginar que en otra dimensión y circunstancias diferentes las hubiera tomado entre las suyas para evitarles la vibración del parkinson, anunciándose con el desconcierto. O le encendería  el cigarrillo que presiona  entre los labios casi marchitos a pesar del colágeno. La flama baila insostenible frente a él. Sabe que en ese plano imaginario no sería él quien estuviese allí, así que la deja hacer perdida en su desorientación.
“–Voy a morir–” (–“quiero… debo…–”) La mujer le mira desde el estupor. Pasa un tiempo innecesario observándolo.  Parece suplicar silenciosamente ser devuelta a su realidad, sacada de la suya [otra vez, los ojos opacos por unas lágrimas cuajadas. Tratando de jalarlo hacia sí, con tal fuerza que es la anciana quien levantaba el cuerpo cadavérico de la cama hospitalaria]  busca al amante  alrededor, pero los ojos barren el vacío.
Olivio comprendió que cualquier aclaración de más es inútil.  Mira a su vez los restos de  dramatismo de su realidad  disiparse con el sonido de sus palabras. Abandona a la mujer, incapaz de ofrecerle algún rumbo o espacio…

Coyoacán   CDMX Dia 08

Los últimos días del Doctor en Derecho y Ciencias Civiles J. Olivio de La Rosa,  fueron  un discurrir desgastando los últimos residuos de la realidad propia. Planes, preparativos, visitas y cartas sin embargo fueron intentos para salvar un sentido en el cual  no creía. Cada mañana y cada noche prometía no repetirlos. Esperando  liberarse en el último momento.
Unos preparativos los llevo a cabo para darse cuenta del grito final de ayuda y recordarle inútilmente al mundo su existencia. Pero en el ajetreo de imágenes y sonidos desbordados, de la realidad común no había tiempo ni espacio posible. Todo inicio y final era un sucederse sin profundidad  para considerar el peso de una vida.
  
Dia 07
    La última  salida, compró una pequeña corona de flores blancas. Para un último homenaje a sí mismo. Camina hasta a las Fuentes de san Carlos. Se encuentra absurdo intentando establecer un vínculo con la estatua enmohecida del antepasado. Militar déspota y rancio político. Sostén de un linaje a base de corrupción y poder. Recorre su sangre a través del tiempo, encuentra la soberbia que lo ha consumido en ideas y objetivos, como un virus que solo en esta etapa languidece. Con repugnancia arroja el arreglo hacia el agua lamosa. Por unos segundos la ve flotando sostenida por la nata verde. Camino de regreso piensa en la clínica como conclusión y  refugio, fuera no hay nada más que interese. Liviano cruza por última vez el umbral de la puerta, antes de entrar al edificio, voltea a ver el paisaje de concreto entreverado y vivo, con sus artefactos silbando de resplandores efímeros. Imagina tal vez unos ojos violentos, tristes o extraviados como últimos testigos citadinos.
   
Semana
      Los últimos seis días dentro de la clínica pasaron no exentos de emociones. A veces enojado por la tardanza burocrática y las dos veces que aplazaron su turno. Al inicio era una humillación tener que cerrar al caminar la parte trasera de la bata para ocultar por pena el culo viejo. Después dejo de importarle. Solo hasta el último momento conservo los calcetines de lana como final consideración a si mismo.
A veces sentados en el viejo pasillo de la casona convertida en clínica los pacientes se animaban a una conversación superflua entre ellos, cuestionándose por las demoras y la calidad de la gelatina servida en los almuerzos. El penúltimo día sintió  hambre dolorosa, para no agobiarse recurrió por una pastilla a los enfermeros. Estornudo un poco cuando el frio del azulejo sobre la plancha enfrió su costado mientras le introducían un catéter en el ano para limpiarle los intestinos.   
El  mero día  pidió una toalla que le dieron de mala gana, se recostó sobre el frio hule azul que cubría el catre médico de acero.  Tuvo tiempo para observarse reflejado en la vitrina con el atuendo ridículo que  dejaba ver sus piernas flacas y lampiñas enfundadas en los calcetines grises. La imagen distorsionada por de las ampolletas no dejaba apreciar el cabello bien peinado y el rostro perfectamente rasurado. Un cura fastidiado se asoma a la puerta y lo aleja con un gesto, el tipo hace que sacude un hisopo de líquido imaginario y se aleja al siguiente cuarto.
El joven médico calvo entra aun sin despedir su conversación en el móvil. Salando sin recordar por nada al anciano.
El olor concentrado a cigarrillo le provoca nauseas…   

Nota del autor: El derecho a una “muerte digna” (eutanasia) fue aprobada por la asamblea constituyente  de la ciudad de México en su nueva constitución el 2018. Con el tiempo el autor especula que este derecho, como todo llegara a mexicanizarse…
   

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