Quisiera hacer notar como apunte para el futuro, un aspecto en los sucesos de Culiacán Sinaloa (16-10-2019) que posiblemente tendrán una trascendencia sólida en la historia del país. Aunque hoy es ignorado o aún no alcanzamos la suficiente perspectiva para poder estudiarlo efectivamente. Entre el exceso de información explicativa, apegada a intereses políticos que ofrecen lecturas parciales con la intención de escandalizar la opinión pública; sin dejar el suficiente espacio para reflexionar una lectura que sirva para reconformar los destinos de la nación.
En este momento, que todos los sujetos analíticos referentes para interpretar la realidad social con alguna proyección mediática parece que debieran estar suscritos a alguna tendencia en pro o en contra del gobierno actual y su Presidente. Fenómeno extensivo, porque el ciudadano parece estar igual inmerso en la cultura pasiva del “like” o la desaprobación, como una única posibilidad de participación política, influenciado por la efectividad de la publicidad en medios electrónico y refrendada oficialmente cada seis años con el voto. En este México polarizado, con un gobierno como nunca controvertido que pretende al menos en teoría, trastocar el régimen vigente con sus factores y con coyunturas inéditas.
Es el carácter Cultural del evento y sus repercusiones posibles.
Entendiendo que hay suficiente información sobre la llamada narco-cultura escrita desde la disección social que observa este sector de la población un tanto aisladamente del resto de la sociedad, buscando objetividad en su análisis para identificar sus modos, costumbres y productos culturales de consumo. Reconozco seria pretencioso de mi parte algún sobreabundamiento desde esta perspectiva. También hay diversas interpretaciones dependientes del ángulo de interpretación sobre lo que es “Cultura”, para el caso práctico lo tomo más o menos, como los elementos en suma que determinan una lógica definida en el comportamiento social. Sobre todo tomando en cuenta su interacción para conformar con el resto una Integridad.
Primero, hacer notar que en esta etapa de la post-modernidad, la cultura de ciertos grupos, definidos en las circunstancias complejas de la actualidad se determina en la Inmediatez de los sucesos. Con una velocidad que los obliga a una plasticidad a veces incluso contradictoria, porque los márgenes no son definidos por tradiciones y ambientes determinados. El gran referente que los identifica y unen es el Objetivo. Más allá, cabe cualquier posibilidad. En ese lapso, entre la sucesión de factores, que modifican temporalmente la lógica de actuación de los grupos, se crea un Ambiente Psicológico, producto del suceso anterior y perdura hasta originar otro suceso y por consiguiente otra actitud practica, para afrontar otro nuevo estado de realidad social.
Un ejemplo reciente son varios sucesos ligados indirectamente al evento en cuestión, no solo temporalmente –ya que sucedió a escasos días–. Fue la emboscada de un convoy de la Policía Estatal de Michoacán que arrojó un saldo de trece policías muertos. Lo notable es que pertenece a una cadena constante acontecimientos durante lo que va del año y la administración federal actual; donde igual se define una nueva etapa en la condición de inseguridad y Crimen Organizado en la entidad. Que pasó de tener tres grupos delictivos identificados a poco más de veinte. En este clima, las fuerzas representantes del Estado Mexicano, han sufrido diversos atentados y vejaciones trasmitidas hasta el hartazgo en medios.
Mirándose a sí mismos incapaces de responder violentamente,– lo que en si ya es una contradicción a su naturaleza–. El empoderamiento a través de la fuerza y el poder de fuego de estos grupos sobre la Fuerza Pública del gobierno, ha sido un inevitable derivado de la controvertida política pacifista y humanitaria del Presidente López Obrador, bajo el lema popular de: “Abrazos, No Balazos”.
En el desarrollo de estos incidentes, las declaraciones públicas de parte de la oficialidad y las expresiones individuales difundidas por miembros de las fuerzas del Estado, se ha percibido desde entonces gradualmente, un endurecimiento de la postura sobre cómo debe o no, ser la reacción ante estos hechos (Que no son en sí confrontaciones armadas, sino más bien en la práctica, desmanes con tintes populares de márgenes legales difusos, desde la perspectiva Obradorista donde el uso de la violencia y la reacción armada es cuestionable). Exhibiendo negativamente a los encargados del Orden Social a favor de la criminalidad, dando la versión de una supuesta pusilanimidad del Gobierno. Hecho que igual ha sido fomentado en su difusión por adversarios políticos del gobierno actual para demostrar su tesis de “Estado fallido”.
Aquí lo interesante es que el Ambiente Psicológico* dentro de las fuerzas armadas, se revela a esta pasividad que no corresponde a la naturaleza de su profesión. Y desde una cierta óptica muy extendida en la opinión de la población mexicana, tampoco es la solución a corto plazo en el problema de la violencia generalizada producto del llamado Crimen Organizado.
[*Podemos identificar en el entorno actual que somos una sociedad de Redes Sociales. Las nuevas culturas emergentes se tejen en por medio de ellas, en base de opiniones difundidas en consenso continuo y ayudan a crear una percepción de la realidad sobre un fenómeno especifico. Podemos decir que es a través de la tecnología de medios y dispositivos, donde se extienden estas formas de sub-cultura. Y la intensidad y carácter de la dinámica establecida entre interesados es lo que aquí defino como “Ambiente Psicológico”]
Esta masacre coronó la actitud pasiva de las Fuerzas del Orden y de alguna forma marco también un tope y creó inquietud en la población, reflejada en los comentarios de redes sociales, resumidas por el periodismo “amateur” de You Tube que sirve de contrapeso al golpeteo de empresas de información comerciales. En los hechos, esto demostraba virtualmente la inviabilidad en la Política de Seguridad y desdibujaba una Estrategia Oficial ya de por si difusa de continuo. Además y lo más importante, restaba Solidez y Firmeza al carácter dado a las instituciones Armadas mexicanas, aumentando la percepción de inseguridad e incertidumbre en el ciudadano.
Así que la respuesta natural e inevitable, respecto al fenómeno social en su conjunto, se dejó venir muy pronto, al día siguiente en Iguala Guerrero. Con el saldo de catorce presuntos sicarios abatidos y solo una baja militar. Remontando esa tendencia negativa. Incluso, en su referencia López Obrador enunciaba un carácter heroico casi épico al hecho del soldado muerto, que a su vez elimino a un número superior de enemigos.
Sin contradecir, como señaló el Presidente después de este nuevo suceso armado: “…no se trata de diente por diente y ojo por ojo” , citando la Ley del Talión judío. Y sin insinuar aquí que hubo una orden tacita o implícita para actuar de forma más agresiva. Me parece que la lectura oficial, de medios y Gobierno se pasa por alto el factor humano, sus dinámicas de comunicación y ordenamiento de la conducta que trascienden las normas institucionales. Aun más, fallan tratando de ubicar a la sociedad como una interacción de fenómenos inmutables como los intereses políticos y sus objetivos. A pesar que vivimos en la actualidad el producto de estas contingencias y la complicación de las problemáticas obedecen a una mala traducción de sus complejidades en los términos fáciles de la política.
En un periodo de tiempo breve, regresa la autoconfianza dentro de las Instituciones encargadas de cumplir la ley mexicana. Se puede sondear precisamente en los medios de comunicación en todos sus niveles. Las sensaciones de efectividad y profesionalismo apocadas por el proceso de adaptación al clima político, impulsadas inevitablemente por la Necesidad. El Estado y sus Instituciones poseen la capacidad de responder a las necesidades que exige el país, parece ser el espíritu en las noticias y comunicados. Ese es el carácter del Ambiente Psicológico dentro y fuera de las instituciones, además que es la expectativa social que carga de fe y certeza la opinión pública.
En cierto aspecto, esta teoría es en algo necesaria para explicar el desplante de autosuficiencia que desencadeno los sucesos de Culiacán Sinaloa, donde las fuerzas del orden detuvieron a Ovidio Guzmán, hijo del Chapo Guzmán. Personaje narcotraficante que ha sido de una importancia mediática trascendental con repercusiones políticas, sociales y económicas en gran parte del hemisferio, principalmente México y Estados Unidos.
Ejercer en plena capacidad efectivamente el Poder de la Ley a la cual se representa, Es, Era y Será por un tiempo el gran dilema de las Fuerzas Armadas en su labor de garante de la seguridad mexicana, hasta que hechos como el de Culiacán forjen su Identidad en esta labor de contacto directo con la realidad social. ¿Se es la Ley que se representa? ¿En qué términos? ¿Existe la capacidad de discernimiento y toma de decisiones en el margen no solo institucional de las fuerzas castrenses, condicionadas en una educación de obediencia?
Por el momento solo la prueba y error irán formando el papel de las Fuerzas Armadas, que no por decreto oficial o denostación política definirá su eficacia.
Hasta aquí es necesaria la citación de los eventos como ejemplo. Hacer una recitación de los hechos consiguientes es un tanto absurdo y no es la intención del texto.
II
Iniciare diciendo que la Narco Cultura, como aquí se da a entender es el pensamiento de las personas dedicadas al tráfico de drogas al servicio de un “cartel” u organización criminal que trasciende la actividad delictiva y es lo común en regiones enteras del país. En especial el llamado Cartel de Sinaloa (CDS) es emblema y modelo cultural de lo que es el narcotráfico y su cultura.
Y se ha movido tradicionalmente de un Ambiente Psicológico, dentro de los márgenes de la Clandestinidad e Ilegalidad, que ha determinado su identidad –tal vez de ahí ciertos tintes de ostentación y estridencia en sus modos y costumbres–. Se hereda de la tradición del bandidaje rural, un secretismo a voces en la sociedad. Para el Gobierno algo que existe pero se niega en todo sentido. Antítesis de lo socialmente permitido.
Los sucesos de Culiacán han modificado este ambiente psicológico de marginalidad, a una aceptación abierta que los coloca como un Movimiento Social Legitimo.
El Gobierno mexicano ha elevado irremediablemente, el estatus político del CDS, al dotarle de un poder de negociación y dialogo con el Estado que se repite en pequeñas dosis de interlocución en estos días subsecuentes. Aunado además a cierto apoyo popular de base localmente y alguna aprobación de la población general durante el breve conflicto. [No es la primera vez que sucede eso en el país, a pesar que ha sucedido en el antecedente inmediato del fenómeno del narcotráfico que es la Colombia de Pablo Escobar; en México ya sucedió con el Ejercito Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) en la década de los noventa del siglo xx.]
Con esto, es interminable en internet el material que da testimonio a una cierta normalización de la actividad delictiva en un amplio sector marginado socialmente de la población que celebra y hoy ve en el desarrollo de lo sucedido una Reivindicación de un modelo aspiracional que se reconoce como viable y es, peligrosamente el de más inmediato alcance en su entorno.
Es innegable que gran parte de la población en México engrosa las filas de la delincuencia organizada y en el imaginario mexicano se trastocan las causas con la finalidad de encontrar una solución desde cada postura y así llevamos décadas acompañando el desarrollo del fenómeno. Este gran número de habitantes mayormente jóvenes, son para todos, víctimas colaterales de la problemática acumulada por una multiplicidad de factores históricos negativos.
Pero en todo esto con hay una constante: es una etapa Temporal en la historia del país, siempre en tránsito al México que somos pero no nos dejan ser. Establecer culturalmente un reconocimiento a una expresión que de hecho debe ser combatida en cualquier manifestación discursiva es un despropósito. Así sea por omisión, esto perpetua aún más la espiral de degradación social que representa la narco cultura.
Siempre he manifestado desde mi particular postura la necesidad de crear, fomentar y dirigir aspectos culturales en la población marginal, rediseñando los productos de consumo cultural. Tomando en cuenta que es la información la que crea la Identidad Cultural de los individuos.
En lo práctico es la actividad o la falta de esta y se genera desde el epicentro de las actividades del Gobierno, la información que condiciona la vida de los mexicanos. Esta vez ha ofrecido una pauta difícilmente reversible al legitimar en los hechos y en imaginario colectivo a un grupo delincuencial convirtiéndoles en Sujeto Social.
Tal vez, la mía no sea una idea tan diferente como la que se manifiesta en el pensamiento del Presidente López Obrador. Él también desde la Moralización de la sociedad, basada en retomar principios y valores familiares tradicionales de orientación indigenista, apuesta a una re-orientación cultural. Aunque pasa por alto ciertos factores que hacen parecer al menos lento, si no anacrónico su planteamiento del problema. Desde mi perspectiva, creo que la Re-educación cultural de los jóvenes crea nuevas expectativas para generar nuevas ideas y por lo tanto nuevos futuros dentro de un ambiente social favorable, sería más eficiente que apelar a la conciencia moral de quienes no han tenido los suficientes arraigos familiares que faciliten los valores tradicionales.
Pero en suma ambas y más perspectivas coinciden en un viraje cultural. Sin embargo, el Ambiente Psicológico que se ha generado a partir de los hechos en Culiacán Sinaloa ha sacado de la marginación una actitud social que no merecía un reconocimiento.
III
A modo de epilogo quiero anticipar que me parece en extremo peligroso suponer, dado la ignorancia sobre la naturaleza del fenómeno del Crimen Organizado como manifestación Cultural, que parece prevalecer en la visión del gobierno de López Obrador. Que esta reacción ante un fenómeno impredecible sea de alguna forma adecuada y represente una estrategia en sí misma.
Desde el inicio de esta nueva etapa de la vida nacional, el ahora presidente López Obrador aproximaba su visión en el tratamiento del problema, utilizando términos legales como Absolución, Perdón o Armisticio. Para lo cual, establecer la figura de Sujeto Social en una organización criminal me parece cuando menos arriesgado. Y con estos sucesos de Culiacán Sinaloa se ha dado el primer paso de una negociación, que parece de entrada demasiado ingenua y no se corresponde a los antecedentes históricos que tenemos, incluso con Colombia. Ya que las FARC y los Grupos Paramilitares a pesar de sus nexos con el tráfico de drogas obedecían oficialmente a demandas populares que sirvieron de puente de dialogo. No así sucedió con los demás carteles de la droga cuyo único objetivo era el enriquecimiento a través del tráfico.
La situación de los Carteles de droga y demás organizaciones criminales en México, obedece a factores de pobreza y falta de oportunidades en amplias regiones del país. Así lo escribirá la Historia y sirve para el manejo conceptual. Pero como demanda a cubrir y justificación política de la violencia, solo está en el pensamiento Lopezobradorista. Y por mucha gestión política, buena fe o capacidad intelectual, no significa que estos motivos vayan a permear como razón en la mentalidad de quien ahora se dedica a la delincuencia. Definitivamente no son sus demandas y ser cubiertas unilateralmente no evitara un retorno a la legitimidad como forma de vida.
Desde mi perspectiva parece que se ha creado con esto una complejidad innecesaria que contradictoriamente aplazara la resolución de conflictos y con ello la disminución del número de víctimas colaterales a corto, largo y mediano plazo.
Sin embargo, solo el tiempo define nuestro futuro…
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