FIDEL, CUBA Y MI PUEBLO
¿Cómo escribir sobre la muerte de Fidel Castro sin citar odiosos lugares comunes, ilustrar la urgencia demostrar una postura política; afirmar vigencia y conocimiento de los sucesos contemporáneos? (Que más que sucede nos traspasan y arrollan con la inmediatez gracias a la masificación de redes sociales, con exigencia irreflexiva para dar una opinión rápida sin creerla realmente. Superficial en todo. De apariencia correcta sin necesidad de ser aceptada íntimamente) Desgraciadamente intentar escribir sobre el tema en el momento que ocurre, ya es redundancia que solo puede justificarse desde la Honestidad.
Siempre he creído que en mi caso, la politización de la realidad desde la infancia, fue un recurso para ayudarme a sobrevivir la miseria socioeconómica que sin duda me hubiese sumido en la depresión y la mediocridad existencial. Entender las desigualdades que forman parte del patrimonio nacional y de la identidad de muchos e intentar de cambiarla es mi forma de Resistencia, una batalla que solo terminara el día que también cierre los ojos definitivamente. Por eso seguramente simpatizo y me identifico con los revolucionarios del mundo sin las idolatrías ni ideologías que no comprendo. Mas con un compañerismo y camaradería que me lleva a dialogar con su vida, sus claroscuros iluminan mis actos erráticos y dudas. A través de ellos entiendo la conveniencia de ver el vacío como horizonte y no un espacio a rellenar con objetos y palabras. Irremediablemente el temor a eso, es la fuerza que nos obliga a buscar, crear y luchar por una alternativa de vida… inventar una Revolución.
Ineludiblemente ese camino (el mío), empieza con la lectura de libros de texto en la escuela. No dicen mucho y plantean menos. Pero tuvieron la presencia para suscitar preguntas y cuestionar la realidad oficial de los adultos, donde Prosperidad y Justicia Social publicitada desde los medios de la época, contrastaba con el mundo visto desde mi pequeñez en la campiña mexiquense. La fortuna quiso que pasara la infancia en este pueblo, donde la Revolución Mexicana acampo algunas noches sin habitar nunca en el sentir de la gente. Dejo algunos hijos bastardos (real y metafóricamente), fusiló algunos, colgó a otros y en general empobreció más a todos durante los días de la firma de Los Tratados de Teoloyucan… Así que la palabra Revolución fue siempre un abstracto omnipresente en cada acto público de mi pueblo: desfiles, tomas de protesta, inicio de clases, conmemoraciones en las que los politiquillos de rancho usaban el concepto para enjuagarse la boca y demostrar su convicción genuina a los “Ideales Revolucionarios” y así justificar con fe su militancia al Partido revolucionario Institucional.
Al crecer, mi capacidad de lector sobrepaso mis recursos materiales. Y las lecturas laicas como El Libro Vaquero, los Sensacionales y demás libros de monitos no satisfacían mi hambre de encontrar respuestas (más que conocimiento), a la incongruencia e incertidumbre a mi futuro, una afición temprana con todas sus reglas. Fue a los siete u ocho años cuando sucedió un hecho definitivamente providencial que me acerco a una perspectiva más amplia y completa a pesar de ser difícil de digerir a mi edad. Cerca de la casa a la que mi padre nos había llevado a vivir, existía entonces un complejo habitacional asignado a profesores y burócratas. Un corredor de diez departamentos situados detrás de lo que hoy es Casa de Cultura. Una irrupción moderna en nuestro medio rural, que trajo gente fuereña de un nivel de educación diferente, “… y no sé qué mañas…” escucharía decir por ahí. De hecho, nosotros tampoco teníamos arraigo en la zona, sin embargo el conjunto de varias familias era algo notable comparado con la discreción y buena asimilación de la mía.
Un día regresando de la escuela tome atención de los cristales rotos en las ventanas el departamento 10 al final del corredor. Habitado supuestamente desde mi memoria por tres jóvenes, una mujer y dos hombres, ella rubia, uno de ellos melenudo y rizado, del otro lo ignoro todo. Y solo se dejaban ver de vez en vez, ya sea porque no salían o no estar. Las cortinas velaban el interior pero la impresión de estar habitado era incierta. No recuerdo porque tipio de oscuras negociaciones ocultas en mi recuerdo, se decidió en asamblea de escuicles entrar a ver que había dentro, democracia que de hecho le daba un matiz de autoridad oficial, que hacia la travesura casi una buena obligación civil.
La puerta solo estaba cerrada con la perilla, dentro todo estaba destrozado, pero nada fuera de lo común de hogar clase mediero mexicano que despertara la curiosidad o la codicia a nuestras mentes rurales, mas ignorantes que inocente. Salvo a mí: tirados en el piso yacían una gran cantidad de libros, creo que tanto para los invasores anteriores como para los otros chamacos, esos montones de papel eran algo igual que basura, merecedores de un puntapié despectivo por su inutilidad práctica. Con la cotidianidad el lugar se convirtió en escondite de besuqueos, pequeños hurtos, masturbaciones adolecentes mirando revistas pornográficas para los mayores y el encendido de los primeros cigarrillos. Solo entonces me atreví a llevarme alguno más, con un sentido samaritano para evitar que fuesen victimas de secreciones colectivas cerillos.
De los propietarios jamás volví a saber nada, cuando más adelante trate de averiguar algo, solo obtenía el mutismo de los vecinos que me miraban con cara de ‘muchacho pendejo’. La no respuesta tenía el tufo de tabú de pueblo con que se esconde lo turbio de la gente simple. En un municipio religiosamente priista y pequeño del Estado de México, la fidelidad al partido es un mandamiento casi católico. La duda una ingratitud, el cuestionamiento público una mentada de madre a la patria y la comunidad; el activismo político fuera de la institucionalidad un pecado ominoso a callar, corregir y castigar. La franca oposición en ese entonces y el intento de cambio, un yerro que se paga con la muerte. Ahora especulo, solo eso, que la policía política en los ochentas tuvo la sana y patriótica costumbre de “levantar” a los inconformes de actitud sospechosa y critica al sistema. Teoría que sustento en haber tenido un padre que oficiaba en el Heroico Cuerpo de Granaderos durante la represión estudiantil del 68, y ser testigo como a mi tío lo sacaron los judiciales a putazos de casa solo por tener facha de hippie y fumar mota, de una patada en el trasero le sacaron del bolsillo su libro de Elena Poniatovska. Igual y principalmente, al empezar a entender el contenido de todos aquellos libros: Lenin a Marx, Engels y todas las obras canonizadas de todos los santos del comunismo. Varios libros mimeografiados con el sello de la URSS que no entendía y una espléndida colección de revistas publicadas en Cuba.
Fue entonces que la figura de Fidel empezó a formar parte de mi consiente para ver el mundo. Personalmente sostengo que para personas como yo, mexicano joven e irresignado Fidel forma parte de irreductible de nuestro imaginario por simbolizar la posibilidad de cumplir las carencias materiales con que crecemos. Fidel, un ser con autoridad y gobierno en un espacio geográficamente concreto, liderando a personas de carne y hueso tratando de proporcionarse unos a otros, al menos en teoría beneficios tangibles, como la Educación, Salud y Alimentación… Para un joven un idealismo necesario (La imagen del che, sin menospreciar la vida del hombre, me parece queda en la nebulosidad de símbolos heroicos en la mente de aburridos, románticos e inadaptados burgueses que buscan diferenciarse o rebelarse ante sus compañeros de clase; cuyo destino es convertirse en engranes de un sistema. Han hecho de él algo más cercano a un personaje de Hollywood que un revolucionario. Fidel, como tanto es un referente obligatorio en mi vida. [No pude evitar aun a esta edad, en estos momentos visitar en Tuxpan Veracruz, los supuestos lugares donde dejó su huella antes de partir en el Granma.]
En Teoloyucan en mi infancia y a partir del mundo en textos descubiertos, me hice fan de escuchar Radio Martí. Que sintonizaba en la radio de banda ancha de mi casa. Por oscilaciones del destino, la televisión tenía un lugar pasajero y prescindible en la cultura familiar que lo mismo se compraba o vendía según las circunstancias. Allá afuera a lo lejos, en una isla pasando el mar que aún no conocía íntimamente abstracto pero real, supe que existía un lugar donde el hombre con sus errores intentaba la igualdad y se procuraba Justicia ante el mundo. A pesar de la chingonería gringa que nos metían por la tv y la mercadotecnia política. Un lugar llamado Cuba. Rigiéndose por principios que empezaba a entender. Las largas horas pegadas al radio, a veces en compañía de mis hermanitos escuchando programas documentales, de música, educativos y de información; expresados en un lenguaje que empezaba a ser propio, generaba nuevas ideas que traducía a los más pequeños. Entre todos encontramos una simple forma de Educación, al final cumplimos el ideal comunitario con lazos de cariño. Hoy, a pesar que ninguno de nosotros hemos hecho cosas grandilocuentes, mis hermanos me hacen sentir orgullosos de esos momentos y feliz por lo que son y piensan. Creo que en algo contribuyo Fidel y su concepto de revolución a nuestra ética humana por su vigencia tangible. Su presencia se atestiguaba en las noticias del momento y en nuestro contexto. Sus ideales que compartía con nosotros, niños, son en su sentido objetivo la lucha por estar en un mundo mejor.
La Revolución dejo entonces ser las palabras huecas para quedar bien con el Señor Licenciado Fulano del Gobierno del Estado en los días festivos.
Hace años, cuando participaba en la revista Voces y dedicaba un tiempo entusiasmado a recabar información regional, principalmente para personalmente reforzar mi identidad como teoloyuquense, deteriorado por los años vagando por el mundo, buscando insertarme efectivamente en él. Me encontré y regrese varias veces a una casa de adobe en ruinas, un lugar agradable debajo de una arboleda, cerca donde ahora vive por fin definitivamente mi familia. Para estudiar especialmente un arco de punto del siglo XIX semejante al de las antiguas haciendas en la orilla del pueblo; pertenecientes a los terratenientes de la época.
Conversando con el propietario del lugar, después de romper la desconfianza natural, me comentaba que ese lugar era conocido como ‘la casa del Che’. El cual se casó en Tepotzotlán, otro pueblo al que se puede llegar caminando por un antiguo y entonces hermoso rio que hoy es un vertedero de aguas negras. Investigando más a fondo. Supe que un tiempo fue supuestamente habitada por futuros combatientes que de aquí partieron a Tuxpan y después a la Sierra Maestra; de ahí su nombre. Sin poder asegurar que efectivamente Fidel o el Che Guevara vivieron ahí. La clave de la incógnita me la proporciono un amigo de Ensenada, fanático como yo de la lucha libre. Me comento que aquí en el Estado de México, los cubanos recibieron entrenamiento en combate cuerpo a cuerpo, impartido por un luchador mexicano, del cual no cito su nombre. Mis escapadas habituales a la Arena Coliseo en la Ciudad de México en la época de la revista, me dieron la certeza. Al llegar por una cerveza antes de la función a una pulquería en contra esquina de la arena, sobre los muros de azulejo blanco estaban colocadas fotos de un luchador grande y prieto, llaveando a unos jóvenes barbudos: los próximos guerrilleros cubanos. Otra con el mismo hombre abrazando a Fidel y una más reposando varios de ellos una casa con el mismo arco de mampostería que yo observé en Teoloyucan. No pude conversar con algún familiar directo para confirmar las sospechas. Solo entrevistar a un sobrino. El nombre del poblado no lo sabía, solo estaba seguro que su tío no conocía al Che, pero siempre estuvo muy orgulloso de su amistad con Fidel.
Cierto o no, es una gran historia que llena mi emoción con respecto a Fidel porque puedo palpar todo lo que existió en común entre ambos. Varias veces, al visitar a mi madre, paré a observar el silencio y los años reposando en las paredes de adobe, desintegrándose en la intemperie. Se me ha erizado la piel de orgullo imaginar a los revolucionarios aprendiendo lucha libre en este lugar en mi pueblo, sentados en las tardes mirando el viento meciendo las milpa, despertando los olores de los alfalfares . Una emoción oblicua y completa, parecida a la felicidad. Coincidencias reafirmando mi identidad y transcurrir, tratando de mantener congruencia con lo que pienso y mi realidad. Refrescando mi Resistencia.
Es por eso que en estos días, la muerte de Fidel es un hecho familiar que no duele como tal. Sirve para evocar una revolución que se forja en mi experiencia con la paciencia obstinada, a falta de ideas y tal vez de valor, para desear al menos, sin cerrar los ojos un futuro mejor para todos. Y no bajar simplemente las manos,a meterlas en los bolsillos y sacar unas monedas para adquirir algo. Para verme feliz en la imagen de un aparador. Bien por ti Fidel.
jueves, 29 de agosto de 2019
FIDEL, CUBA Y MI PUEBLO...
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